—¡Gooooool de AIIIIIIK! —gritó Tommy Engstrand en la radio.
—¡Gol! ¡Qué golazo, Dios mío! —exclamó Arne, dándose palmadas en las rodillas frente al gran mueble de radio.
Había soñado con esa victoria toda su vida. Nacido en Solna, cuando todo el barrio vivía para el AIK, estaba seguro de haber aprendido a decir “AIK” casi al mismo tiempo que “papá”. Dio sus primeros pasos con un balón de fútbol gastado en el patio, no muy lejos de Råsunda, cuando todavía existían los campos de tierra y los chicos jugaban hasta que caía la noche.
A los diecisiete años jugaba en el equipo juvenil y era el máximo goleador. Pero cuando su padre murió, apenas unas semanas antes de que fuera a tener su oportunidad en el primer equipo, se vio obligado a ponerse a trabajar. Se embarcó como grumete en los barcos de la naviera Transatlantic que navegaban entre Gotemburgo y Hull, y el fútbol quedó en tierra. En su cofre de marinero siempre llevaba consigo la camiseta negra y amarilla con el número nueve.
Tras algunos años en el mar fue ascendiendo, pero un día, en el puerto de Gotemburgo, mientras el barco estaba detenido por reparaciones, sacó la camiseta, la miró largo rato y sintió que algo había llegado a su fin. Dejó la vida marinera. Trabajó en un café, vendió billetes de lotería, hizo trabajos ocasionales, hasta que consiguió empleo como cartero en Estocolmo, con bicicleta de servicio y rutas fijas.
Cada domingo Arne se sentaba en calzoncillos frente a la radio, bebía café y se cortaba las uñas de los pies mientras escuchaba Sportextra. Durante muchos años el AIK apenas se mencionaba de pasada: el resultado, la cifra de espectadores. Los grandes reportajes siempre trataban sobre el Malmö FF, el IFK Göteborg o el Norrköping.
En su bar habitual, Kvarnen, en Söder, los amigos se burlaban:
—Oye, Arne, ¿no vas a empezar a apoyar a un equipo de verdad?
Él respondía con calma:
—Algún día ganaremos el campeonato.
Los años pasaron. La vista se deterioró, las articulaciones dolían, la pensión era escasa. Pero el escudo del AIK seguía obstinadamente prendido en la solapa de su chaqueta. Ya no era orgullo: era desafío. Alguna vez tenía que ocurrir.
Y entonces llegó la temporada en la que todo encajó. El AIK lideraba la tabla. La mejor ofensiva. La menor cantidad de goles encajados.
—¡Gooooool de AIIIIIIK!
Cuando sonó el pitido final, Arne estaba de pie, golpeando el aire. Se puso su mejor traje, la corbata negra y amarilla, y salió. Tomó un taxi Volvo en la plaza.
—Damos una vuelta por la ciudad tocando la bocina —dijo—. El AIK es campeón de Suecia.
Avanzaron por Sveavägen. Él sacaba una pequeña bandera negra y amarilla por la ventanilla. En Kvarnen los amigos ya estaban reunidos. Al ver el coche, se levantaron y comenzaron a aplaudir.
—Despacio, pero no se detenga —dijo Arne, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
En casa colgó la bandera en la puerta de entrada. El corazón le latía con fuerza, casi violentamente. Se tendió en la cama sin desvestirse y encendió la radio. El reportero transmitía en directo desde la celebración en Råsunda.
Sonrió.
Luego llegó aquel golpe seco en el pecho.
Intentó tomar aire, pero vio cómo la habitación se desdibujaba.
Y en ese instante, el mundo entero se llamaba AIK.

Inga kommentarer:
Skicka en kommentar